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01/Noviembre/2017 
Artículo Único
Angel Mario Ksheratto
Terrorismo de estado, la estrategia

Simplemente, se salió de control. La intención llegó lejos y gran parte de la documentación oficial quedó reducida a cenizas. No es la primera vez que un grupo de supuestos estudiantes, intenta calcinar oficinas públicas. Tampoco son primerizos en asalto, secuestro y robo de autobuses del servicio público, para tener un medio seguro de escapar del lugar donde cometen sus crímenes.

El amparo de la impunidad, les ha dado “valor” para cometer actos que solo un cobarde llevaría a cabo. Irónico, pero cierto. Cuentan algunos espectadores que los causantes del incendio en la representación de la secretaría de Educación Federal, saltaron del camión en el que huían y se dispersaron a la altura del Libramiento Norte; otros, solo se quitaron las capuchas y regresaron a la escena del siniestro, para comprobar la efectividad de sus acciones y la magnitud de las consecuencias.

Así de confiados, así de retadores. La ausencia de una autoridad firme, les ha dado licencia para burlarse de todo y de todos y les ha sobrado para poner en riesgo la vida de ciudadanos inocentes.

Es evidente que no se trata de un grupo que base sus actos en una ideología, en una lucha genuina por el interés colectivo, sino en la mera intención de robustecer el caos y la anarquía reinante en un estado, cuyas autoridades han abandonado sus obligaciones constitucionales y se han dedicado al saqueo descarado y absoluto del erario.

Están ciertos que, de ser capturados como han prometido desde el oficialismo, saldrán en menos de lo que canta un gallo, con las bolsas repletas de dinero, como ha sucedido en ocasiones recientes. Los asesinos de un policía, recibieron como recompensa, impunidad y fajos de billetes, como si la ley no existiese.

Los presuntos responsables, no han tenido rostro; los acusados directos desde las generosas filtraciones gubernamentales, son estudiantes de la Escuela Normal, quienes se han ganado a pulso la repulsa generalizada, en virtud de su actos al margen de la ley, su intolerancia y extrema violencia cuando la crítica no les favorece.

Éstos, lo han negado todo, aunque las evidencias los señalan. El autobús utilizado para el escape, estaba en las instalaciones de esa escuela, juran los pocos funcionarios que han enfrentado a los medios. A todo, han surgido versiones encontradas, pero que al final, apuntan hacia una cuestión preocupante: el fortalecimiento del terrorismo de estado, como instrumento para aterrorizar a los chiapanecos y oportunidad para esconder evidencias de la mala administración pública.

Hace unos meses, cuando se destapó la cloaca de corrupción en la secretaría de Salud, también hubo un incendio, justo en las oficinas administrativas, donde se supone, está la documentación que podría probar el mal uso de los recursos públicos.

La utilización de grupos de choque para borrar las huellas, es la versión que más cree la sociedad. Y tiene razón, puesto que hasta el día de hoy, no ha habido un solo acto de transparencia por parte de la administración de Manuel Velasco Coello.

Las instancias creadas para combatir la corrupción y transparentar el gasto público, han servido para lo contrario: solapar el saqueo de alcaldes y funcionarios.

El “vandalismo” al que se recurre —para, además, desviar la atención de los graves problemas financieros del Estado—, más parece una estrategia que acorrala a los presuntos responsables, quienes, como siempre y como único argumento, acusan a los medios de comunicación y periodistas, de estar confabulados con el gobierno —al que se sospecha, sirven ellos— en una campaña en su contra.

A quien más le conviene, quien se beneficia de la ingobernabilidad, es el gobierno mismo; mientras tenga ocupados a los chiapanecos con los resultados de ese terrorismo, sus funcionarios seguirán, a sus anchas, llevándose lo poco que queda. Si los normalistas tienen exigencia real alguna, que la expresen con inteligencia. No con acciones que benefician a quien, supuestamente, atacan.

En medio del desorden, no cabe ninguna esperanza de retornar a la institucionalidad. No hay un gobierno que escuche y atienda a la gente. Las exigencias de, por lo menos, garantizar las mínimas condiciones para vivir en paz, son constantemente desoídas; pareciera que al mandatario, no le importan los chiapanecos. Es, el suyo, quiera o no admitirlo, un gobierno fallido, una administración sorda y carente de apoyo social. 


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