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20/Noviembre/2017 
Artículo Único
Angel Mario Ksheratto
Kate, Slim y Juanga

La memoria de los hombres ilustres del país, caída en desgracia y llevada a la comercialización, bajo argumentos insípidos y prácticas arcaicas, como cuando el anquilosado PRI, decidía a su antojo el destino de los mexicanos. Desde hace dos sexenios y lo que va del actual, la cultura, el arte, la literatura y la ciencia, se han abaratado escandalosamente, de tal forma que desde entonces, muy pocos intelectuales han sido honrados con las preseas de honor a que, por su trabajo, tienen derecho.

El mérito dedicado a quienes consagran su tiempo a las bellas artes y la ciencia, ha sido entregado, inmerecidamente, a industriales, empresarios, banqueros y toda clase de personajes que lo menos que hacen en su vida, es leer y menos, cultivar las ramas que mantienen viva la inteligencia del pueblo.

Es de entender que las nuevas generaciones de políticos, manchen el legado histórico de los hombres y mujeres que, como Belisario Domínguez Palencia, han dado su vida por un México mejor. También es entendible que la Medalla que lleva el nombre del prócer de la libertad de expresión, se entregue a acaudalados protagonistas del comercio, puesto que tienen los recursos para hacerse ingresar a terrenos que les son impropios, cuyo pago, se efectúa en especie, llegado el momento de elecciones.

Ello explica por qué, nombres como el de Carlos Slim, el multimillonario empresario de las telecomunicaciones, aparezca como viable para recibir el mérito de dicha medalla. ¿En qué ha contribuido a la cultura de México? ¡Ah, donó unas cuantas bibliotecas! También ha adquirido multimillonarias obras de arte de pintores y escultores mundialmente famosos… Pero a los artistas locales y de poco nombre, les regatea los precios para revender sus obras a costos estratosféricos.

¿Merece —el hombre que estafa a millones a través de sus empresas de telefonía— recibir la Medalla “Belisario Domínguez? ¿Debe —la más alta representación del pueblo mexicano— otorgar tan ilustrísima distinción a quien explota a la clase trabajadora del país?

Otra propuesta que ha causado polémica, es la de Kate del Castillo, una veterana actriz de televisión que, en los últimos años, se ha visto envuelta en líos judiciales, derivados de su probable cercanía con jefes del crimen organizado. ¿Es arte exaltar actividades ilegales? Puede ser que tenga sus virtudes, pero no se acercan, para nada, al séptimo arte, si destacamos que éste, debe cubrir requisitos rigurosos que le dan prestigio a la cinematografía.

Los fanáticos del fallecido cantante Juan Gabriel, se cuentan por millones. Hasta en el público joven, sus canciones siguen cautivando. Los sentimientos que provocan sus composiciones, compactan y doblegan a las masas humanas en torno a reacciones emocionales. Es, sin duda —la cultura popular que impulsó el “Divo de Juárez”—, una manifestación espontánea, libre y rica en tradiciones, costumbres y ritos e incluso, regionalismos… de amor y desamor, para ubicarnos en su habilidad cantora y en la necesidad de desahogo de cada quien.

Sin embargo, el reglamento mismo de dicha Medalla, le limita. Dice el artículo octavo de ésta que habrá de entregarse solo a aquellos mexicanos y mexicanas “que se hayan distinguido por su ciencia y su virtud, en grado eminente, como servidores de nuestra patria o de la humanidad.” Usted juzgue.

La Medalla en cuestión, históricamente, ha tenido entre los galardonados, a grandes figuras de la arquitectura, las ciencias, la pintura, la literatura, danza, la escultura, la filantropía, la diplomacia. Incluir como “candidatos” a quienes no reúnen los méritos, es comercializar la memoria de Belisario Domínguez.

Sería imperdonable que éste año, por intereses mezquinos y por recurrencia a las viejas prácticas priístas, se entregue el galardón a quien no lo merezca. Las reglas son claras, pero la voluntad senatorial, parece estar al mejor postor y ello, pone en riesgo el honor y mérito de un galardón ciertamente codiciado, pero no por ello, en subasta.

Tales propuestas no deberían siquiera llegar a la Comisión de dicha Medalla y menos, al Pleno; quien quiera que haya hecho tan disparatados planteamientos, por respeto a sí mismo y al ilustre comiteco, debería retirarlos en virtud de su pobreza de argumentos y razones. Ojalá y el Senado de la República, pero principalmente la Comisión para ese encargo, no atente contra la intelectualidad mexicana. Esperemos que tal brutalidad, no engorde su ya de por sí detestable imagen pública.  


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