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17/Noviembre/2016 
Al Son del texto
Tina Rodríguez
Desde que el presidente electo de Estados Unidos empezó según nosotros –y más para los que tenemos parientes en aquel país- con actitudes xenofóbicas y racistas, iniciaron una serie de especulaciones, algunas arbitrarias y otras serias, con relación al tema.

Mexicanos hay unos tres millones de indocumentados, pero latinos en general suman alrededor de 11 millones trecientas mil personas según datos estimados.

El volumen es enorme y dado el clandestinaje de su movilidad pueden ser cientos de miles más, a los que ubicarlos para detenerlos y deportarlos distraería a las agencias militares y policiales, al menos de la frontera sur de esa nación, sin contar todo lo que implica en gasto y tiempo, aparte la constante en violaciones a derechos humanos, porque de acuerdo a referencias de miles que han sido capturados, no es la autoridad gringa de lo mejor para tratar ilegales, como los llaman allá.

Uno de esos estudios serios data de 2015, antes incluso que el hoy presidente electo pensara postularse. La American Action Forum (AAF), un centro de estudios y consultoría de tendencia conservadora, estima que tomaría unos 20 años detectar y enviar a sus países a todos ellos.

Los datos de éste centro indican que “Usando los autobuses escolares típicos, eso equivale a 650 vehículos llenos cada mes durante dos décadas, además de operaciones continuas de varias agencias de la policía y otros organismos gubernamentales, con todo el costo que ello supone”.

En torno al famoso muro, que los migrantes llaman “el bordo”, éste está construido medio metro dentro del territorio estadounidense, es decir, México no puede o no tiene porqué invertir en una obra en el exterior sin la aprobación del Senado de nuestro país.

Trump es un empresario que se metió a político sin serlo; demuestra que bien puede llegar quien sea, con derechos, es cierto, pero a la vez, que ver todo con una óptica de rentabilidad implica pasar por alto preceptos humanos que, según esto, pondera el país vecino fuera de sus fronteras.

Sin experiencia política, menos diplomática, Trump ve números. Bajo esa tesitura calcula y expone su criterio. Dicen los que conocen EU que es nacionalista, esto es que ve por los intereses de su país, y que no se ha dicho que cuando refirió la deportación de tres millones de mexicanos, agregó que “los que tengan antecedentes penales” en aquel y éste país.

Sin embargo un migrante sin papeles que sea detenido, ahora, es de todos modos deportado a su país de origen, sin que Trump esté aún en el poder.

Lo cierto es que al señor le gusta la polémica, el marketig, el estar en las primeras planas: es su logro por sobre la clase política de su nación, y es cierto: ganó no solo por el discurso xenofóbico y misógeno, que no muestra en el fondo tan liberal a los EU, sino porque también muchos norteamericanos no estuvieron o están –sigue en funciones- muy de acuerdo como gobernó éstos últimos cuatro años Barak Obama.

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