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19/Septiembre/2016 
Artículo Único
Angel Mario Ksheratto
¡¿Renuncia ya!?

Una —o quizá, la más grande— de las dificultades de un hombre en el poder, es no saber escuchar. No atender a tiempo las voces del pueblo; sucede en cualquier parte del mundo y México, no es la excepción. Desde mediados del primer año de Enrique Peña Nieto, la exasperación colectiva se disparó como nunca antes había sucedido con un presidente de la república. Las malas decisiones, basadas en su mayoría en caprichos infantiles, frivolidades monárquicas, y la notoria corrupción de la administración peñista, abrieron las compuertas al enfado público que dos años después, el mandatario calificó simplemente como “mal humor social”.

La verdad es que no se trata de un estado emocional pasajero del colectivo mexicano, sino de la contundente reacción, lógica, de una sociedad que se ha descubierto a sí misma, engañada, burlada, utilizada y llevada al despeñadero con el más grande de los descaros, comparable solo con las chifladuras del expresidente Vicente Fox, cuando su salud mental disminuía peligrosamente. 

La sintomatología que presenta el señor Peña Nieto con sus actitudes públicas y privadas, se asemejan en mucho a las que en su momento, dieron a conocer expertos psiquiatras y neurólogos en torno a Fox Quesada: le cuesta —a don Quique— pensar con claridad (remueve a funcionarios acusados de corrupción a otros cargos de importancia; no distingue entre el bien y el mal); posee creencias atípicas (solo él cree que no hay problemas económicos, que no hay inseguridad, que las finanzas del país son robustas, que la corrupción no existe, que la gente acude a sus actos públicos por convicción, etc., etc.).
No goza de buena retentiva (muchas veces le hemos escuchado confundir nombres de personas y lugares y, lo más importante, ha olvidado que es el presidente de la república y no el títere de sus amigos), suele ser impredecible (lunático o bipolar); padece pánico crónico (el exceso de guardias durante sus giras, es sintomático).
Al pintarse a sí mismo un país distinto y distante de la realidad, Peña Nieto muestra preocupantes signos de enfermedades patológicas como la falsa autoestima y la mitomanía. Si revisamos sus explicaciones con respecto a la famosa Casa Blanca”, veremos que éstas, si bien tuvieron su carga de cinismo, el presidente las dio convencidísimo que no estaba mintiendo, aun cuando existieron —y siguen existiendo—, pruebas inatacables de ese acto de corrupción. Cuando ratificó al director de la CONADE, Alfredo Castillo, juró que éste es el que mejores resultados ha dado al frente de esa dependencia…
Ayotzinapa, Tlatlaya y las “verdades históricas”; el alza de la gasolina, promesa incumplida. El nombramiento de funcionarios miopes, torpes y corruptos, en fin, cientos y cientos de errores que justifican un grito que poco a poco, se va extendiendo a todo el país y que se está llevando entre las patas a los gobernadores que han sido cómplices de un gobierno federal ambivalente, blandengue y carente de estatura moral.
La interrogante es si, en las condiciones mentales del presidente de la república, va a escuchar la exigencia de renunciar al cargo. Y otra, si a pesar de la crisis social, política y económica de México, es conveniente un presidente interino, después de décadas de cierto grado de gobernabilidad. Lo idóneo sería que Peña Nieto escuchare y cambiara el rumbo de su administración. Pero eso es mucho más que pedir peras al olmo. 
Si no despidió a Castillo de la CONADE a pesar del escandaloso fracaso de nuestros atletas en Brasil; si no ha querido cesar y encarcelar a Rosario Robles, icono de la corrupción nacional; si se ha negado a acompañar demandas de juicio político contra los gobernadores acusados de corrupción, no esperemos que a dos años de dejar el cargo, atienda y entienda a la sociedad. 
“¡Renuncia ya!”, dio resultados en Guatemala, Brasil, Libia y Egipto. En México será complicado porque se estila el apego a los caudillos caciquiles que a la larga, resultan igual o peor de corruptos que los gobernantes. El ejemplo inmediato nuestro, es Guatemala. Las primeras manifestaciones se dieron entre los años 2000 y 2012, contra los exmandatarios Alfonso Portillo y Álvaro Colom, acusados de corrupción. Fueron esfuerzos infructuosos porque dejaron que, contra el primero, se inmiscuyeran Colom y Otto Pérez. Contra éste último, tuvieron éxito (Pérez Molina, Roxana Baldetti, ex vicepresidenta, el ex ministro de Gobernación, entre otros altos funcionarios están actualmente presos) porque no permitió, la sociedad guatemalteca, a ningún partido, ni político, ni diputado. El solo pueblo los derrocó, sin disparar una bala. Eso, por desgracia, aquí, no pasará. Ya veo a AMLO y otros politiqueros ladrones y oportunistas, tratando de tomar la batuta. Ojalá y no sea así. Ojalá.

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